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Saturday, November 9, 2013

Recuerdos de Mar de Ajó

Anécdotas de vacaciones en la niñez de la autor. Viajes a la costa bonaerense a mediados de la década del ’60. Viejos autos que fueron compañeros de ruta.  Inmensas playas que ya no están.

El Ranquita


Mi primer recuerdo de unas vacaciones en la Costa Atlántica se remonta al año 1964, cuando contaba con 3 años de edad. En ese verano fue mi primera visita al Mar Argentino. Pasamos, con mi familia, unos días en Mar de Ajó y fuimos a bordo de un viejo Ford A sedan dos puertas modelo 1930.

El Ranquita como lo había bautizado y que toda mi familia adoptó como nombre para el auto, nos llevó hasta Mar de Ajó en 1964. Una época donde los automóviles eran un integrante más de la familia y hasta tenían un nombre propio. Cosas del pasado que hoy son muy raras de encontrar.

De esas primeras vacaciones recuerdo mi resistencia a meterme al mar. Le tenía miedo. Era de una inmensidad descomunal para mis tres años de vida. No hubo forma que me metiera en él. Mi madre logró darme unos “baños de mar” con agua que recogió en un balde plástico de color dorado con la manija de aluminio, que todavía está en la familia. Mi padre lo usa para lavar su rural Mercedes-Benz 170 SD modelo 1955.

Recuerdos y más recuerdos de vacaciones pasadas recorriendo la vieja Ruta 11 de tierra y conchilla. Pájaros y cangrejos eran los habitantes de ese ecosistema que atravesábamos rumbo a Mar de Ajó.

Un viejo colectivo fue un restaurante en Mar de Ajó. Se llamaba la Cabaña del Tío Tom. Solíamos cenar en ese lugar en uno de los veranos en el pueblo. Épocas de damajuanas de vino y taxis tirados por caballos. Un pueblo que no tenía todas sus calles asfaltadas, pero sí acordonadas muchas de ellas.

Una vez al regresar a casa, luego de las vacaciones, había que terminar una damajuana de vino, ya que había que devolver el envase. Qué hicieron mi padre y mi tío, vaciaron lo que les quedaba de vino en una olla chica, donde mi madre me preparaba la leche. Era un niño todavía.

Le agregaron hielo, para que el vino estuviera fresquito, y lo depositaron en el piso trasero del auto que nos había llevado hasta Mar de Ajó. De regreso por la Ruta 11 lo fueron tomando de a poco, porque con el traqueteo del camino se volcaba en el piso del auto. Resultado de la ingesta: tuvimos que parar a un costado del camino a tomar una siesta. No había test de alcoholemia. Eso era ciencia ficción en los ’60.

Otro recuerdo disperso como las gaviotas de la playa. Mi tío siempre fue un entusiasta de la pesca deportiva. Así que llevar las cañas en el auto era parte del equipaje rumbo a Mar de Ajó. Una tarde como tantas estaba a la orilla con su caña esperando que algún pez mordiera su carnada. Varios metros de línea de nylon estaban mar adentro. En eso una avioneta pasa con vuelo rasante cerca de la orilla de la playa.

Voló hacia el sur, rumbo al faro de Punta Médanos. Pero a los pocos minutos vemos que gira y regresa volando bajo. Muy bajo. Tanto que aterrizó en la playa. Esa escena solo podía darse en aquellos años de playas casi desiertas, aunque fuera pleno enero.

El piloto se vio obligado a descender porque la tanza de la línea de pesca de mi tío se le había enrollado en la hélice de la avioneta. Pero por qué volaba tan bajo y cerca de la costa. Porque hacía vuelos de alquiler con los turistas. Te cobraba por un vuelo de algunos minutos sobre la playa y el mar.

Un año a mi padre el prestaron una cupé Nash, estimo que un modelo de los años cuarenta. La verdad que no lo recuerdo con exactitud. Lo que si me acuerdo que el auto era el primero de Estados Unidos en no tener chasis. Tenía una carrocería autoportante.

La verdad que no estaba muy cuidado. Mi padre siempre se caracterizó por tener en buenas condiciones sus autos. Pero con este hizo una excepción. Ante la aparición de fallas recurrió a reparaciones caseras. Como cuando anuló un circuito de freno porque perdía líquido.

Pero la Nash nos llevó y nos trajo sin grandes inconvenientes. Eso sí al entrar en la casa de mi abuela, en San Miguel, ya de regreso de la costa, la caja de velocidades se cayó al piso. Los soportes estaban totalmente podridos. Pero nuestras vacaciones fueron impecables.

Recuerdos de viajes a Mar de Ajó cuando había que recorrer cientos de kilómetros de tierra por una ruta que era parte de las vacaciones con un paisaje que quedó para siempre en la memoria. Un tiempo con menos apuros y un poco de mejor calidad de vida.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es editado sin computadora, sin escáner y sin Internet propios. Todo lo publicado en el sitio es armado en un ciber. Es por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Tuesday, July 16, 2013

Incendio en el Gran Premio

Los años ’60 fueron una explosión para la industria automotriz argentina. Florecieron fábricas por doquier y con eso también se reprodujeron las carreras de autos estándar. El famoso Anejo J o el Turismo Mejorado. Así nacieron los Grandes Premios, para autos de serie, que se largaban desde la sede central del Automóvil Club Argentino (ACA).

Fiat 1500 incendiado en la largada de un Gran Premio de Argentina.
La foto fue tomada por mi padre, José Lorenzo Uldane, el 19 de octubre de 1965.


Siendo niño vivía a unas cinco cuadras del edificio de la Avenida del Libertador 1850, sede del ACA, desde allí se largaban, en forma simbólica, las carreras de los Grandes Premios, que se disputaban una vez al año.

Generalmente los Grandes Premios para los automóviles estándar o con muy poca preparación se largaban durante la primavera de la Argentina. La noche era el escenario elegido para concretar esas largadas sobre la Avenida del Libertador.

Solíamos ir con mi madre y mi padre a ver salir esos autos de  carrera con números de una, dos y tres cifras pintadas en sus puertas. Autos que veía todos los días en la calle. La numeración arrancaba con el 1 y subía según la cilindrada de los automóviles que estaban inscriptos.

El lugar elegido, para ver la largada, era la Plaza Mitre que presenta una barranca. Esto era al lado de la embajada de Gran Bretaña. Lugar paquete si los hay. Pero era mi barrio de crianza. Uno no elige donde nacer y menos aún el sitio de residencia de la niñez.

A partir de las 10 de la noche, más o menos, se comenzaba a largar los autos de carrera. Salían desde el edificio del ACA, por Avenida del Libertador, hasta la Avenida Pueyrredóndonde doblaban a la izquierda para tomar por Avenida Figueroa Alcorta. Desde allí la carrera tomaba rumbo, generalmente, hacia el centro y norte del país. Aunque hubo años que corrieron hacia la Patagonia.

Recuerdo una noche de primavera, en esas largadas de un Gran Premio, como un Renault Gordini se prendió fuego. Para ese auto fue la carrera más corta: solo 200 metros de competencia. Y allí incendiado y tirado quedó el auto. Las llamas en la noche fueron un espectáculo grandioso para un niño. Pero imagino que una gran depresión y pérdida para el piloto y su acompañante.

La foto que ilustra este relato es lo que quedó de un Fiat 1500 incendiado. Eso fue en otra largada. Si no recuerdo mal era habitual, que al menos un auto de esos Grandes Premios, se incendiara. Varias pueden ser las causas de esos incendios. Fallas eléctricas, pérdidas de combustible, como posibles causales para que el auto se prendiera fuego.

Esas largadas duraban más de una hora. Una por la cantidad de autos y otra porque se los hacía partir con un minuto de diferencia entre autos. Un desfile incesante de autos de todos los colores y con una gran profusión de leyendas, calcomanías y auspicios que bancaban la puesta en la competencia del auto en cuestión.

El principal objetivo era dar la vuelta con el auto lo más entero posible, aunque no se llegara en los primeros puestos. Hay que recordar que había corredores que participaban con un BMW-Isetta al lado de otros que corrían con un Ford Mustang.

Aquel incendio de mediados de la década del sesenta trajo el recuerdo de aquellos viejos Grandes Premios que se corrieron en el territorio de la Argentina. Algunasveces hacia el norte del país y muchas otras enfilaron para el sur donde la Patagonia se agiganta. Incluso algunos Grandes Premios cruzaron la Cordillera de los Andes.

Un recuerdo para esas carreras que tenían mucho de romanticismo y algo de amateur. Donde era posible ver grandes equipos y pilotos que corrían por su cuenta.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos


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