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Saturday, November 9, 2013

Recuerdos de Mar de Ajó

Anécdotas de vacaciones en la niñez de la autor. Viajes a la costa bonaerense a mediados de la década del ’60. Viejos autos que fueron compañeros de ruta.  Inmensas playas que ya no están.

El Ranquita


Mi primer recuerdo de unas vacaciones en la Costa Atlántica se remonta al año 1964, cuando contaba con 3 años de edad. En ese verano fue mi primera visita al Mar Argentino. Pasamos, con mi familia, unos días en Mar de Ajó y fuimos a bordo de un viejo Ford A sedan dos puertas modelo 1930.

El Ranquita como lo había bautizado y que toda mi familia adoptó como nombre para el auto, nos llevó hasta Mar de Ajó en 1964. Una época donde los automóviles eran un integrante más de la familia y hasta tenían un nombre propio. Cosas del pasado que hoy son muy raras de encontrar.

De esas primeras vacaciones recuerdo mi resistencia a meterme al mar. Le tenía miedo. Era de una inmensidad descomunal para mis tres años de vida. No hubo forma que me metiera en él. Mi madre logró darme unos “baños de mar” con agua que recogió en un balde plástico de color dorado con la manija de aluminio, que todavía está en la familia. Mi padre lo usa para lavar su rural Mercedes-Benz 170 SD modelo 1955.

Recuerdos y más recuerdos de vacaciones pasadas recorriendo la vieja Ruta 11 de tierra y conchilla. Pájaros y cangrejos eran los habitantes de ese ecosistema que atravesábamos rumbo a Mar de Ajó.

Un viejo colectivo fue un restaurante en Mar de Ajó. Se llamaba la Cabaña del Tío Tom. Solíamos cenar en ese lugar en uno de los veranos en el pueblo. Épocas de damajuanas de vino y taxis tirados por caballos. Un pueblo que no tenía todas sus calles asfaltadas, pero sí acordonadas muchas de ellas.

Una vez al regresar a casa, luego de las vacaciones, había que terminar una damajuana de vino, ya que había que devolver el envase. Qué hicieron mi padre y mi tío, vaciaron lo que les quedaba de vino en una olla chica, donde mi madre me preparaba la leche. Era un niño todavía.

Le agregaron hielo, para que el vino estuviera fresquito, y lo depositaron en el piso trasero del auto que nos había llevado hasta Mar de Ajó. De regreso por la Ruta 11 lo fueron tomando de a poco, porque con el traqueteo del camino se volcaba en el piso del auto. Resultado de la ingesta: tuvimos que parar a un costado del camino a tomar una siesta. No había test de alcoholemia. Eso era ciencia ficción en los ’60.

Otro recuerdo disperso como las gaviotas de la playa. Mi tío siempre fue un entusiasta de la pesca deportiva. Así que llevar las cañas en el auto era parte del equipaje rumbo a Mar de Ajó. Una tarde como tantas estaba a la orilla con su caña esperando que algún pez mordiera su carnada. Varios metros de línea de nylon estaban mar adentro. En eso una avioneta pasa con vuelo rasante cerca de la orilla de la playa.

Voló hacia el sur, rumbo al faro de Punta Médanos. Pero a los pocos minutos vemos que gira y regresa volando bajo. Muy bajo. Tanto que aterrizó en la playa. Esa escena solo podía darse en aquellos años de playas casi desiertas, aunque fuera pleno enero.

El piloto se vio obligado a descender porque la tanza de la línea de pesca de mi tío se le había enrollado en la hélice de la avioneta. Pero por qué volaba tan bajo y cerca de la costa. Porque hacía vuelos de alquiler con los turistas. Te cobraba por un vuelo de algunos minutos sobre la playa y el mar.

Un año a mi padre el prestaron una cupé Nash, estimo que un modelo de los años cuarenta. La verdad que no lo recuerdo con exactitud. Lo que si me acuerdo que el auto era el primero de Estados Unidos en no tener chasis. Tenía una carrocería autoportante.

La verdad que no estaba muy cuidado. Mi padre siempre se caracterizó por tener en buenas condiciones sus autos. Pero con este hizo una excepción. Ante la aparición de fallas recurrió a reparaciones caseras. Como cuando anuló un circuito de freno porque perdía líquido.

Pero la Nash nos llevó y nos trajo sin grandes inconvenientes. Eso sí al entrar en la casa de mi abuela, en San Miguel, ya de regreso de la costa, la caja de velocidades se cayó al piso. Los soportes estaban totalmente podridos. Pero nuestras vacaciones fueron impecables.

Recuerdos de viajes a Mar de Ajó cuando había que recorrer cientos de kilómetros de tierra por una ruta que era parte de las vacaciones con un paisaje que quedó para siempre en la memoria. Un tiempo con menos apuros y un poco de mejor calidad de vida.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es editado sin computadora, sin escáner y sin Internet propios. Todo lo publicado en el sitio es armado en un ciber. Es por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Monday, February 18, 2013

El Yeyo y la casa plegable


Mi padre tuvo un Peugeot 404 modelo 1976 con el cual hicimos varios viajes de vacaciones a la Costa Atlántica.Muchos años tuvo ese 404 y la verdad fue uno de los mejores autos que compró mi viejo. A comienzos de la década del ’80 decidió ponerle un enganche para remolcar una casa rodante que le prestaron.  Así nos fuimos de vacaciones a Mar de Ajó.

Extracto de una publicidad de la revista Gente del  10 de octubre de 1974.


Ya habíamos tenido una experiencia con una casa rodante, en unas vacaciones en la Costa Atlántica. Aquellas vacaciones fueron bastante accidentadas. Mi viejo quiso reincidir con otra casa rodante que le prestó mi tío Alberto. La característica de esta casa rodante era que se plegaba.

La parte inferior y la superior eran de fibra de vidrio. Las cuatro paredes de la casa rodante eran de lona. Por medio de un sistema de tijeras y gusanos se la podía elevar hasta formar una especie de tienda con techo y piso de plástico. La casa rodante no era nueva y la habían usado bastante. Mal usado sería el mejor término para describirla. No estaba en las mejores condiciones, pero serviría para el uso que le daríamos en ese enero en las playas de Mar de Ajó.

Al poner en condiciones la casa rodante notamos, con mi viejo, que la suspensión del lado derecho estaba muy inclinada. Sospechamos que tendríamos problemas en el viaje. No estábamos equivocados y el tiempo nos daría la razón. Salimos por la noche, como le gustaba viajar a mi padre por aquellos años. No hicimos cinco kilómetros cuando la rueda derecha, de la casa plegable, explotó. Porque el resorte helicoidal rozaba la banda de rodamiento del neumático.

Cambiamos la rueda, por la de auxilio, y nos encaminamos a la casa de mi tío Alberto. Por un momento pensé que las vacaciones en la playa se habían acabado allí en San Miguel. Sacamos de la cama a mi tío. Bajo una serie de protestas logró reparar la mala inclinación de la rueda derecha. No sin antes reprocharnos el exceso de equipaje que llevábamos en la casa plegable. La verdad que nuestras idas de vacaciones eran pequeñas mudanzas. Más cuando acampábamos en la playa.

Reparada la casa plegable partimos nuevamente hacia la costa bonaerense. En aquellos años ya estaba asfaltada la Ruta11. Así que fuimos por la Ruta2 hasta empalmar con la Ruta36 y seguir camino hasta Pipinas. Ese nombre siempre a tenido reminiscencias de parada técnica en una estación de servicio. Raro era llegar a las 4 de la madrugada, todavía de noche, y el playero te recibía con un cordial: “buenos días”.

Cargado el combustible y vaciadas nuestras vegijas partimos rumbo a General Conesa, donde al doblar a la izquierda, ya el olor a mar estaba en nuestras cabezas. El viaje no presentó ningún inconveniente. Salvo que al llegar a la entrada de San Clemente del Tuyú, donde debíamos girar a la derecha, para tomar la Ruta Interbalnearia, hasta Mar de Ajó, la policía de la provincia de Buenos Aires nos indica que paráramos.

Les recuerdo que todavía estábamos en plena dictadura cívico-militar, la última que supimos conseguir. Al volante del Yeyo iba el que  escribe estas líneas. Por esa época tenía unos 20 años. Ante la señal de detenerme mi viejo me dice: “poné las balizas”. Lo hago y comienzo a bajar la velocidad del auto, que venía arrastrando la casa plegable.

Sorpresivamente el policía ante la visión que venía con una casa rodante y toda la familia arriba del auto me indica que siga. El temor en aquellos oscuros años era que te detuvieran y te revisaran todo el auto y la casa rodante. Situación que habían soportado algunas personas que fueron de vacaciones a la playa. Mi padre y mi madre de solo pensar lo que nos llevaría la revisión de la casa rodante, imaginaron que las vacaciones se podían acabar allí mismo. Por suerte nada de eso sucedió.

Llegamos a Mar de Ajó sin otro inconveniente. Solo que al entrar en el pueblo el enganche de la casa rodante comenzó a rozar el pavimento en las esquinas con las cuentas pronunciadas. Cuando se asfaltó la mayoría de las calles de Mar de Ajó se realizaron profundas cunetas en las esquinas, para que el agua de lluvia drenara al mar.

Pero sorteando este nuevo pequeño escollo llegamos al Mar Argentino. Ingresamos a la playa y comenzamos a buscar el lugar que sería nuestro hogar por los próximas dos semanas. En ese ínterin un pequeño niño le grita a su padre: “mirá una heladera gigante”. La mejor descripción de la casa rodante plegable, vista de perfil, era la que dio ese chico en la costa de Mar de Ajó: una heladera gigante. Pintada de blanco en su parte superior y celeste en su parte inferior, realmente parecía una heladera portátil tan usual y vista en las vacaciones en la playa bonaerense.

La playa bonaerense tiene sus cosas en cuanto a lo climático y la verdad que algunas las conocíamos y otras no. Como sufrir una de las primeras sudestadas que nos toco vivir. Creo que fue con esa casa rodante. El mar comenzó a crecer hasta llegar a la casa plegable. Ingenuamente empezamos a cavar una zanja en la arena para detener el agua.

Cuando estábamos en la tarea de zanjear pasó un carrito tirado por un caballo, que en alguna época supieron ser los taxis de Mar de Ajó. El tipo de arriba nos grita: “así no van a parar la sudestada”. Por supuesto que tenía razón. Como subió el agua bajó normalmente. Amenizamos la situación comiendo huevos de pascuas del año anterior que había hecho mi madre.

También soportamos una lluvia torrencial con viento que obligó a mi madre y mi padre pasarse la tormenta sosteniendo los caños de la carpa totalmente ensopada por la lluvia. Habíamos llevado una carpa en la cual dormían mis viejos y en la casa rodante estábamos mi tía abuela, mi abuela, mi hermana y yo. La casa rodante tenía un ante comedor donde comíamos y pasábamos nuestro tiempo a la sombra.

Antes de regresar a casa mi viejo quiso reparar la inclinación de la suspensión derecha de la casa rodante. Averiguamos quién podía realizar el trabajo para tener un feliz viaje a casa. Nos indicaron que el que podía ayudarnos era el Alemán.

Así conocimos a ese personaje y artesano de la chapa de Mar de Ajó. Nos reparó la suspensión en la calle y hasta nos ofreció bebidas frías, porque estábamos todos, los 6 integrantes del campamento, con todos los bártulos cargados listos para partir a casa para retornar a nuestras actividades. No sería la última vez que usaríamos los servicios del Alemán. Nos arreglaría un tanque de nafta y sería una persona a visitar, cada vez que recalábamos en Mar de Ajó. El Alemán fue una institución en el pueblo de Mar de Ajó.

El regreso de las vacaciones se desarrolló normalmente, salvo que cuando tomamos la Ruta 36 nos sorprendió una lluvia en el camino a casa. Pipinas era nuestra parada obligada, también, al volver a casa. Allí comimos rápido ante la mirada en el horizonte por una tormenta que crecía rápidamente. “Comamos rápido que se viene la lluvia” declaró mi padre y no se equivocó.

Al salir a la ruta se desató una lluvia torrencial. Ya de noche vi por primera vez sapos atravesar la ruta de un lado a otro. La situación se repitió varias veces a lo largo de la Ruta36. Llovió todo el regreso a casa y aún en San Miguel, donde tuvimos que dejar el desembarco de los bártulos para cuando mejorara el tiempo. Pero, habíamos ido de vacaciones a la playa y lo disfrutamos. Eso valió todos los contratiempos.

Mauricio Uldane

Saturday, October 27, 2012

Un colectivo en la playa (segunda parte)


La segunda parte de las vacaciones en un Mercedes-Benz 1114 modelo 1971. En un enero de 1987 pasamos unos quince días en la playa de Mar de Ajó. Ahora las vivencias que nos sucedieron en esos días de verano.

El 1114 barrido por el Mar Argentino.


Una vez que llegamos a Mar de Ajó buscamos un buen lugar para acampar en la playa. Nos ubicamos unos 8 o 9 kilómetros al sur del pueblo, camino al faro de Punta Médanos. Encontrado el lugar comenzamos a armar el campamento. El colectivo quedó de trompa a los médanos y las carpas las armamos un poco más adentro.

El conjunto estaba integrado por dos carpas para cinco personas y un ante comedor ubicado delante de una de las carpas. Frente a la trompa del colectivo armamos un sobre techo viejo de carpa, que hacía las veces de alero. Además armamos un baño portátil y la soga para la ropa. Por supuesto que también llevamos la bomba sapo para sacar agua dulce.

Como el Renault 4 Lhabía quedado en Moreno, cada dos días movíamos el 1114 para internarnos en el pueblo para hacer las compras necesarias. Siempre quedaba alguien en el campamento.

La experiencia de años de acampar nos había dado un entrenamiento especial para afrontar tormentas. Por eso una noche ante las posibles lluvias resolvimos dormir todos juntos en el colectivo. De lo contrario mis padrinos dormían en una carpa y en la otra lo hacíamos mis viejos, mi futuro cuñado y yo. Mientras que mi hermana, la hija de mis padrinos y mi tía abuela lo hacían en el colectivo. Así estábamos hasta que la lluvia se desencadenó junto al viento.

Mi padrino con una especial sensibilidad por las tormentas nos empezó a decir que saliéramos al pueblo abandonando el campamento. Tanto insistió que mi viejo puso en marcha el 1114 y partimos hacia Mar de Ajó, a eso de las 2 o 3 de la madrugada. Mientras tanto yo trataba de dormir en el piso del colectivo.

Una vez dentro del pueblo, mi padrino, creyó estar a salvo de la lluvia y el viento. Pero este último sacudió todo el resto de la noche el colectivo. Creo que fue peor el remedio que la enfermedad. Pero las aventuras todavía no habían terminado en ese verano de 1987.

Al amanecer retornamos a nuestro campamento, a donde habían quedado las carpas y todo lo demás. No había vecinos molestos y era muy temprano para que aparecieran los turistas que hacen playa durante el día. Mientras tanto en esas primeras horas diurnas la playa es solo para uno.

Cuando volvimos al campamento todo estaba en su sitio como la noche anterior. La lluvia no había sido tan fuerte como el viento. La costa bonaerense sufre fuertes  tormentas de vientos y lluvias. Hemos soportado, en otros años, vientos de cerca de 100 kilómetros por hora y aquí estoy para contarlo, pero vivirlo es otra cosa.

Pasaron dos o tres días cuando el mar comenzó a crecer por una fuerte sudestada. Como era de esperar el agua llegó hasta los médanos y el colectivo quedó barrido por el agua del mar. Dos días grises y con agua hasta los médanos, luego de la lluvia y el viento. Son casi una combinación perfecta como salame y queso.

Una vez que el agua bajó mi viejo quiso sacar el 1114 de su sitio. No hubo caso no se movía. Ya estábamos pensando en ir a buscar ayuda, porque había más gente acampada hacia la salida al pueblo. Cuando aparece un Mercedes-Benz 1214 de color rojo, que estaba acampado junto a la entrada al mar. Venía sacando a los encajados por los dos días de sudestada, acampados junto al mar como nosotros.

Así fue como en un santiamén nos sacó del atolladero y el 1114 recuperó su libertad de la trampa de arena y agua. Nada grave dadas las circunstancias vividas. Hemos pasados por varias sudestadas en el mar a lo largo de años de acampar en la playa.

El resto de las vacaciones lo pasamos bárbaro disfrutando del mar y la playa. Aquellos que han veraneado junto al mar saben de qué hablo. No es lo mismo acampar en un sitio rodeado de personas que en una playa solitaria donde el vecino más cercano puede estar a cinco cuadras.

El contacto con la naturaleza es impresionante al cabo de dos o tres días uno entra en sintonía con el lugar. Comienza a reconocer aromas, animales y plantas. Empieza, de alguna manera, a descubrir como funciona ese hábitat sin ser integrante de ese sistema.

Todo este cúmulo de sensaciones solo por pasar unas vacaciones en un viejo colectivo Mercedes-Benz 1114. Una experiencia recomendable para aquellos que quieran vivir algo diferente en sus días de descanso.

Mauricio Uldane

Tuesday, October 23, 2012

Un colectivo en la playa


El año 1987 fue cuando nos fuimos de vacaciones a bordo de un viejo colectivo Mercedes-Benz 1114 modelo 1971. Nuestro destino eran las playas de Mar de Ajó. El siguiente relato narra esas vacaciones en un enero de 1987 junto al mar.

El 1114 junto al campamento en Mar de Ajó en enero de 1987.


Mi padre compró en 1986 un viejo colectivo Mercedes-Benz 1114 que había prestado servicio en la provincia de Santa Fe. La idea era armar una casa rodante autopropulsada o más conocida como motor home, por esas cosas del idioma y la colonización.

En línea general el bondi estaba en buenas condiciones. Mi viejo le hizo algunos arreglos menores, nada serio. De mecánica estaba muy bueno y andaba muy bien. Una cosa que le hizo mi viejo fue ponerle el caño de escape que pasara, atrás, por encima de la carrocería. En un viaje a la provincia de Tucumán lo vio en los colectivos y le gustó la idea.

Armamos las vacaciones de enero de 1987 con el Mercedes, que sería parte de nuestra vivienda en los quince días que acamparíamos en la playa de Mar de Ajó. Sería una parte importante de nuestras instalaciones durante nuestras vacaciones veraniegas.

Antes de partir en viaje hacia la Costa Atlántica, mi viejo, le hizo los frenos al colectivo. Pero algo salió mal. En la casa de repuestos le vendieron una medida equivocada de cintas de frenos y no eran de la medida adecuada. Resulta que el 1114 modelo 1971 tenía frenos de aire comprimido y le habían vendido las cintas del modelo sin frenos a aire.

Por lo cual las cintas de freno eran de diferente medida. El resultado fue que me perdí tres días de vacaciones por el retraso en el armado de las campanas. Además el viaje a Mar de Ajó fue con paradas intermedias enfriando las campanas traseras del 1114. Por aquel año la Ruta 2 no era autovía y para viajar tomábamos la Ruta 36 hasta la Ruta 11. Pipinas era una parada obligada, como su nombre lo indica.

Mi padre pensando que mover el colectivo, una vez acampado, no era una buena idea, compró un viejo Renault 4 L para usar en los mandados en el pueblo. Así que le hizo un enganche para llevarlo a remolque hasta la playa. Al salir rumbo a Moreno, donde se nos sumarían mis padrinos con su hija, el enganche del Renault se rompió. Así que el 4 L se quedó durmiendo en Moreno.

De San Miguel partimos mi madre, mi tía abuela, mi padre, mi hermana, mi futuro cuñado, mi abuela que se quedó en Moreno y yo. En Moreno, como dije antes, se nos agregaron mi madrina, mi padrino y la hija de ambos. Así quedó conformada la tripulación del 1114 rumbo a Mar de Ajó. En el interior del colectivo iban todos los bártulos, bolsas con ropa, comida y hasta una cocina en el hueco de la puerta trasera. Lo que se dice un loft rodante.

Dos carpas, un ante comedor, un baño y un sobre techo conformaban el resto de los integrantes del campamento que armaríamos, entre todos, ni bien pisáramos la arena de Mar de Ajó. Hasta llevamos una soga para colgar la ropa. Sucede que no era el primer campamento que armábamos en las playas de Mar de Ajó.

Mi papá pensando que iba a necesitar un reemplazo en la ruta me hizo sacar el registro profesional en la ciudad de Buenos Aires, donde vivíamos por aquellos años. Así que estaba en condiciones de manejar el Mercedes en la ruta. Y pasó en la Ruta 36. Mi viejo cansado me cedió el volante en medio de la ruta. Nunca había manejado un colectivo o camión. Mi primera experiencia.

Al manejarlo comprendí el poder que se tiene al mando de un vehículo de esas dimensiones. También de la responsabilidad de conducirse correctamente. Todo iba bien hasta que empezó a aparecer la banquina, de ambos lados, totalmente removidas. Para sumarle un toque de aventura en la semana había llovido, y mucho. Así que pisar la banquina era sinónimo de irse a la zanja con total garantía.

Así que imaginen un novato al frente de una bestia de chapa y acero con banquinas barrosas y una ruta que no estaba en un estado óptimo. A una velocidad de 80 kilómetros por hora, que hubo que disminuir a 60 kilómetros por hora en algunos tramos. Manejé hasta la estación de servicio de Pipinas. Entrar a la estación de servicio y no llevarme puesto ningún surtidor fue toda una hazaña para mí.

El resto del viaje fue sin novedades, con cambio de chofer, mi padre volvió al tomar el mando. Mientras me reponía de la emoción de manejar por primera vez un colectivo en mi vida. El relato sigue y hay más aventuras para narrar, pero para no prolongar el relato y de paso crear un poco de suspenso, les contaré el resto de las vacaciones en colectivo en una próxima entrega.

Falta contar detalles jugosos de ese enero de 1987 junto a mi familia, padrinos y futuro cuñado. Sepan esperar unos días más para leer la conclusión de este relato.

Mauricio Uldane

Sunday, December 25, 2011

La ruta 11

Hace muchos años la ruta provincial 11, que nos llevaba a la Costa Atlántica, era de tierra, en realidad era una ruta consolidada con conchilla que extraían de la bahía de Samboronbón.

Quienes tengan la fortuna de haber recorrido sus kilómetros de curvas y contra curvas o sus lomos de burro, recordarán como eran aquellos viajes, durante el verano, a los pueblos costeros de la provincia de Buenos Aires.

Siendo chico he viajado por esa vieja y querida ruta con diversos autos de propiedad de mi padre o prestados, que él manejaba. Recuerdo un Ford A 1930, un Chevrolet 1938, otro Chevrolet 1941, una cupe Mercury 1947 y una cupé Nash 1949, sólo por mencionar alguno de los autos con que viajábamos en el mes de enero a la Costa Atlántica.

La ruta 11 desde el interior de un Chevrolet 1938. 
La fotografía fue tomada el 22 de enero de 1976.


El viaje, o mejor dicho, las vacaciones empezaban ni bien el auto dejaba el pavimento al final del pueblo de Magdalena. Allá donde se encuentran los cuarteles del ejército. Ahí empezaba la aventura en esa ruta de conchilla hasta el destino final en el pueblo costero de Mar de Ajó.

Un verano, muy temprano en la mañana, paramos en una panadería de Magdalena para comprar facturas para el viaje. Todavía no habían abierto el local. En prevención de necesidades fisiológicas urgentes y siendo un niño, el que escribe estas líneas, mi madre había llevado una pelela de aluminio en la parte de atrás del auto. No recuerdo que auto era, lo que si me acuerdo que las puertas abrían hacia atrás. También recuerdo como salió rodando la pelela de adentro del auto, ni bien abrieron la puerta trasera para bajar a comprar las facturas. Rodó con tanta intensidad que fue a parar hasta la puerta de la panadería. Nadie vio nada dado lo temprano del horario, la vergüenza no pasó a mayores.

Solíamos salir a medianoche a la ruta hacia la Costa Atlántica, así el nene, o sea yo, no jodía en el viaje. Por lo cual muchas veces pasábamos de noche por La Plata y Magdalena. Muchas veces llegábamos de noche a Punta Indio y el Automóvil Club estaba cerrado, pero había un cartel que rezaba lo siguiente: “Después de las 22 hora llamé que será atendido”. Eso significaba golpear la puerta de la estación de servicio hasta que el tipo se despertara y te despachara la consabida nafta que estabas necesitando, para seguir viaje al mar.

Recuerdo una vez en un verano, creo que era en Cerro de la Gloria, llamamos insistentemente para que el estacionero se despertara y luego de varios intentos el tipo salió en pijama y con una cara de dormido a despacharnos nafta. Las pocas estaciones de servicio que había a lo largo de la vieja ruta 11 tenían nafta común, gasoil y querosén. Las naftas premiun eran sólo fantasía. Los surtidores de nafta también tenían lo suyo. Eran enormes como gigante de marca Siam y mucho eran mecánicos, porque no había energía eléctrica. Eran en definitiva grandes bombas reloj que accionaba el playero para extraer el combustible de los tanques cisternas. Un dato pintoresco, esas bombas extraían de a 5 litros de combustible por lo cual había que calcular cuanta nafta teníamos en el tanque de combustible, de lo contrario el excedente se iba irremediablemente al piso de la estación de servicio. Después fueron grandes pero eléctricos y no eran bombas reloj, sino surtidores y por último los conocidos surtidores marca Siam cuadrados que durante años estuvieron en las estaciones de servicio de todo el país.

Había tramos de la ruta 11 que eran túneles verdes, ya que los árboles de un costado de la ruta se unían a los del otro lado, encima de nuestras cabezas. La frescura era encantadora como la cantidad de aves que se podían avistar desde el auto en movimiento. Flamencos, garzas, biguás, patos silvestres, cigüeñas se podían ver a la vera del camino en algunas de las tantas lagunitas que se formaban. La ruta 11 atraviesa una extensa zona de bañados de la provincia de Buenos Aires. También estaban las inefables loras atronando con sus chillidos los oídos, cuando decidíamos parar un rato a estirar las piernas y tomar unos mates. Uno podía tranquilamente tirarse a un lado de la vieja 11 y tomar una siesta reparadora para continuar el viaje hacia las vacaciones en la costa.

Un espectáculo aparte lo ofrecían los cangrejos del río Salado o del río Samboronbón. La comida de esos viajes familiares a la costa eran las milanesas con ensalada de tomate, eran un clásico de los viajes estivales. Si uno les tiraba tomates a los cangrejos estos lo tomaban con una de sus pinzas y con la otra lo pelaban con sumo cuidado, para luego engullírselo. Esos cangrejos están mencionados en la novela “Don Segundo Sombra” de Ricardo Güiraldes, para los caballos podían ser una trampa mortal. Para los automovilistas desde arriba del un  puente o la orilla del río eran un espectáculo de la fauna de la costa bonaerense.

La ruta 11 tenía pocos autos como tránsito, por eso era la que elegía mi viejo para llegar a Mar de Ajó. Existía la vieja ruta 2, llamada por los medios periodísticos “la ruta de la muerte”, lo cual no era del todo falto a la verdad. Los transeúntes de la vieja 11 solían ser los empleados de Vialidad Provincial, encargados del mantenimiento de la ruta. El consolidado de conchilla necesita de constantes arreglos y mejoras. Los otros con los que uno se podía topar eran gauchos a caballo de las estancias que estaban a la vera de la ruta. También te podías encontrar en alguna de las curvas con un arreo de ovejas o vacas. Los cuales eran movidos de un cuadro a otro dentro de una estancia determinada. Un estancia conocida, por la cual pasaba la vieja ruta 11, era la Estancia Las Víboras, imaginen porque el nombre.

Uno de los arreos de vaca que se podían ver en el recorrido 
de la vieja ruta 11 de tierra. Foto tomada desde el interior 
de un Chevrolet 1938 el 22 de enero de 1976.

Las caravanas de los circos podían ser otros de los que viajaban por la 11 de un pueblo a otro, sobretodo en época de vacaciones. Imágenes salidas de una época completamente diferente a la actual. Un circo en la ruta con todas sus casas rodantes y trailers. Autos, camionetas, camiones y hasta algún tractor en una caravana pintoresca y muy colorida.

La ruta 11 tenía zonas sinuosas que a su vez eran encajadas, con lo cual no veías al que venia de frente. Curvas y contra curvas para repetir lo mismo una y otra vez más. Los lomos de burro eran los más divertidos. Por un momento creías que ibas a bordo de una vieja cupecita de TC (Turismo Carretera) acelerando a fondo y salías volando para caer del otro lado.

Hay un paraje, sobre la ruta 11, llamado El Centinela que tenía la última estación de servicio antes de llegar a los pueblos costeros. Todos parábamos a reabastecernos de nafta antes de proseguir nuestra marcha. Un día llegamos lloviendo y mi viejo le pregunta al playero: “sigo o me quedo hasta que pare de llover”. “No métale que adelante va el camión cisterna y no va a poder pasar por dos días”, le contestó el tipo a mi papá. Mi viejo nos cargó a todos y salimos de nuevo a la ruta con lluvia.

Alcanzar el camión nos llevó un tiempo y creo que pasamos algunos autos en la ruta, lo que notamos eran unos pocitos en la vieja 11. Al acercarnos al camión cisterna, que tenía acoplado, nos dimos cuenta que era lo que hacía los pocitos en la ruta. Las ruedas duales del camión y del acoplado levantaban conchilla mojada y la lanzaban para atrás, como un bombardeo de barro.

A mi viejo le llevó varios kilómetros pasar al camión con acoplado. El acoplado bailaba sobre la ruta mojada y embarrada. Por supuesto que no según tirando conchilla mojada a más no poder. Una vez puesto a la par del camión que mantenía una velocidad media y sin que nadie venga de frente logró superar al camión cisterna con su acoplado. Intercambio de bocinas y saludos. Nuestro viaje continuó normalmente con una mejor superficie hacia nuestro destino en Mar de Ajó.

Cuando llegamos todos nos miraban asombrados, el auto color crema parecía salido de una carrera de rally. El auto tenía barro y conchilla hasta el techo y el color crema había quedado sepultado. Horas más tarde vimos al camión de YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales) hacer su ingreso a Mar de Ajó para abastecer de combustible a la estación de servicio del pueblo. Recién al otro día llegaron autos que habíamos visto en la estación de servicio El Centinela.

Un viaje para el recuerdo en aquellos años de mi niñez. Paisajes, animales y gente que no veía todos los días en el barrio porteño de Recoleta. Hoy sería una buena idea dejar de viajar a 130 kilómetros por hora y tirar el auto a la banquina, para ver los cangrejos del Samboronbón. Creo que valdría la pena llevarles unos tomates para darles de comer.

Mauricio Uldane

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