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Friday, March 16, 2012

Valiant IV 1967


El Valiant IV era la evolución de los Valiant desde 1960. Que arrancó con el Ihasta llegar al IV que fue el último modelo fabricado bajo esa denominación. Desde 1963 el motor Slant Six, inclinado hacia la derecha, fue el que equipó a toda la serie, con variantes de potencia según el modelo: GTo Coronado. Un motor que, hoy, en 2012, se lo usa en el Procar 4000, una categoría zonal de la provincia de Buenos Aires.




Marca: Valiant   Modelo: IV  Año: 1967
Motor: naftero  Ubicación: delantero 
Cilindros: 6 en línea  Cilindrada: 3.687 cm3  Diámetro: 84,6 mm.  Carrera: 104,7 mm.
Potencia: 137 HP SAE  RPM: 4.000 
Tracción: trasera  Caja de velocidades: 3 marchas adelante y retroceso
Suspensión delantera: independiente con barras de torsión y amortiguadores hidráulicos
Suspensión trasera: eje rígido con elásticos semielípticos y amortiguadores hidráulicos
Frenos delanteros: a tambor  Frenos traseros: a tambor
Neumáticos: 6.95 x 14
Dimensiones: Largo:5.040 mm.  Ancho: 1.773 mm.  Alto: 1.371 mm.
Distancia entre ejes: 2.800 mm.  Trocha delantera: 1.420 mm.  Trocha trasera: 1.410 mmPlazas: 6  Velocidad máxima: 150 Km/h

Autor: Mauricio Uldane
Escaneo: Julián Pérez
Fuente: Revista Parabrisas

Thursday, January 26, 2012

El Valiant y yo

Hace tiempo conté un viaje a la costa en un Valiant IV. Ahora les voy a narrar otras aventuras y viajes a bordo de ese auto de color azul noche, que manejaba mi papá.

Muchas tardes fuimos con ese Valiant a una plaza, que ya no existe, a andar en bicicleta. Mi viejo nos llevaba a mi mamá, mi tía abuela, a la bicicleta roja y a mí. La bici entraba perfectamente en el amplio baúl del Valiant. La plaza, de una manzana, es el actual predio que ocupa el Canal 7 de la ciudad de Buenos Aires, en la Avenida FigueroaAlcorta y Tagle.

Foto de la revista Parabrisas, número 76 de abril de 1967.


En los años ’60, cuando era chico, en ese lugar había una plaza que tenía árboles de tilo. El camino hacía una “U” que apuntaba hacia la Avenida Figueroa Alcorta. El camino era de polvo de ladrillo y tenía bancos debajo de la frondosa sombra de los tilos. Mi mamá y mi tía abuela solían “cosechar” los tilos para luego hacerse un tecito de tilo, bien fresco y natural.

En medio quedaba un espacio verde donde los chicos bien de Recoleta jugaban al polo en bicicleta. Imagino que algún gran polista habrá jugado alguno de los tantos partidos que allí se libraban por la tarde. Hasta había un torneo con equipos y todo. No era una pavada, lo hacían amateur, pero con un viso de profesionalidad. Solía mirar como jugaban y los tacazos que cada tanto ligaba alguna bicicleta.

En esa plaza, de la cual no recuerdo el nombre, que seguro es de algún prócer ilustre que supimos conseguir, aprendí a andar en bicicleta. En realidad tenía una experiencia larga de andar en bici con rueditas, siempre en esa plaza. Mi padre cansado de cambiar juegos de rueditas, los cuales gastaba con periodicidad, un día quiso que dejara las dichas rueditas y anduviera solo con mi equilibrio.

Una tarde de primavera o verano, porque ya hacía calorcito, me empujó por espacio de media hora hasta que salí andando solo. Una señora, que paseaba a un perro salchicha, se maravilló de lo rápido que había aprendido. Lo que no sabía la señora era que tenía en mi haber varios juegos de rueditas y como cuatro años de pedalear.

El Valiant IV también fue mi dormitorio en muchos viajes a San Miguel, en el Gran Buenos Aires. En 1968 miabuelo paterno se enfermó y mis padres solían ir a ver cómo estaba después de su trabajo. Eso implicaba salir como a las diez u once de la noche. Por aquel año concurría al segundo grado de la escuela primaria y tenía siete años.

Muchas veces me llevaban dormido hasta el asiento trasero del Valiant y ahí seguía mi sueño tranquilo. Me acuerdo de haber ido y vuelto dormido. Otras veces me dormía ni bien salíamos de la casa de mis abuelos en San Miguel y al despertarme era el otro día para ir a la escuela Cornelia Pizarro, donde hice toda la escuela primaria.

Una vez me desperté y no sabía donde estaba. Era invierno y de noche. Me levanté y miré por las ventanillas del Valiant, era el patio de la casa de mis abuelos. Me volví a dormir y cuando desperté era el otro día y, por supuesto, estaba en mi cama.

Recuerdo una noche de invierno que me despierto, por las voces de mis padres. Al levantarme lo que vi por el parabrisas del Valiant era un manto blanco que rodeaba el capot. Miré para ambos lados y era lo mismo. En la luneta la situación era la misma. Era un espeso manto de niebla que solían ser muy frecuentes, a al altura del puente de Bancalari, sobre el río Reconquista, en una recién estrenada ruta Panamericana. Mi papá estaba asomado por la ventanilla y mi madre por la suya. Los dos trataban de ver donde estaban por y por donde circular. Viendo la situación decidí que lo mejor era acostarme y volverme a dormir. Así lo hice.

El puente sobre el río Reconquista, en 1968, era de cuatro manos, dos de ida y dos de vuelta. Su ubicación era en el medio de los dos puentes actuales de la Autopista Palazzo, más conocida como la Panamericana. Erauna zona de bañados y basurales a cielo abierto, donde se quemaba basura. Ese humo sumado a la niebla era un factor riesgoso para producir accidentes viales.

El Valiant, en un verano, terminó en una laguna que había en un camino rural. Pero de esa aventura no participé. Mi padre, que era el chofer, llevaba a su patrón, la esposa de él y los cuñados de él. El patrón de mi vieja tenía algunas ocurrencias cuando iba a pasar el mes de enero en su estancia en la localidad de Cerrito, en el partido de Rivadavia en la provincia de Buenos Aires.

Le indicó a mi papá que fuera por un camino que él usaba cuando era joven. Obviamente que el camino rural era de tierra y no estaba en las mejores condiciones. Pero todo iba bastante bien hasta que se toparon con una laguna adelante de ellos. La decisión del patrón fue seguir, pese a que mi padre le sugirió volver por donde habían venido. Siguieron algunos metros hasta casi la mitad de la laguna, que iba de alambrado a alambrado. El Valiant empezó a patinar. Marcha atrás para sacarlo, lo mismo sigue patinando, para adelante primera y no hay caso el auto se encajó. Ni para atrás, ni para adelante. Hubo que bajar y mojarse.

El Valiant se había quedado colgado del diferencial. De un lado, el izquierdo el auto no tenía casi agua y la rueda trasera giraba loca. En cambio del lado derecho había agua hasta la mitad de la puerta y la rueda trasera estaba clavada. Hubo que pedir ayuda para sacar el auto de la situación húmeda en que se encontraba.

Tres horas tardó en venir el tractor para sacarlos de tiro. En el sitio había tres encajaduras de camiones y hasta la de un tractor. Los baqueanos de la zona no querían pasar ni siquiera en tractor. Así con agua en el motor se fueron andando hasta el destino final en la estancia. Mi padre dejó encargado que mientras estuviera el Valiant, en la estancia, le abrieran las puertas para se secara.

Por supuesto que hubo que hacerle el motor, con tan sólo, 70.000 kilómetrosrecorridos, ya que el auto era nuevo del año anterior. Pero como dice el refrán donde manda capitán, los marineros acatan la orden. Aunque esta sea zambullir el auto en una inmensa laguna bonaerense.

Recuerdos de un auto que formó parte de mi infancia aunque no pertenecía a mi familia, pero los autos viejos tienen eso no importa quién era el dueño, siempre nos dejaban una historia para contar. Linda o fea, pero tenían un lugar destacado en nuestras vidas, hoy eso no sucede. Sino recuerden cuando fue la última vez que vieron una foto familiar con un auto actual de fondo, como un integrante más de la familia.

Mauricio Uldane

Saturday, December 10, 2011

El Valiant del doctor

Mi padre fue chofer de un abogado de la ciudad de Buenos Aires por más de treinta años. Manejó diferentes autos nuevos a lo largo de sus años como chofer. Uno de esos automóviles 0 kilómetro fue un Valiant IV modelo 1967 color azul noche.

Al poco tiempo de sacarlo de la concesionaria, mi papá, le cambió los amortiguadores por unos más duros y le puso cuatro neumáticos de baja presión, así le llamaban a los primeros neumáticos radiales que entraron al país. Los que le puso mi viejo al Valiant IV eran Michelin importados desde Francia.

Andar con esos neumáticos por la ciudad de Buenos Aires era toda una historia. Cada tanto te tocaban bocina para avisarte que tenías baja una goma. El público local no tenía vista la pisada de un neumático radial y les parecía que el auto tenía una goma baja.

Otra cosa que le hizo al Valiant IV del patrón fue sacarles las tazas de las ruedas, con lo cual tenía un aspecto deportivo. Las ruedas negras y el auto más bajo que lo normal tenía lo suyo a fines de la década del ’60. La tenida en ruta había cambiado notoriamente y el Valiant IV crucereaba a 140-150 kilómetros por hora como nada.

Valiant IV extraído de una publicidad de la revista Confirmado del 15 de septiembre de 1967.

Recuerdo que el interior de ese auto era enorme, sobretodo para un chico de siete años, como tenía en aquellos años. Seis adultos cambian cómodamente en su interior y se podía viajar en ruta plácidamente. Tengo el recuerdo de un viaje a la localidad de 9 de Julio en la provincia de Buenos Aires con ese Valiant IV azul noche. Fuimos a visitar unos parientes de una tía abuela que vivían en esa localidad. El viaje lo hicimos en el verano desde la casa de mi abuela en San Miguel. Fuimos y vinimos en el día y el andar del Valiant IV en la ruta era muy bueno.

El color azul noche del Valiant IV era muy lindo de día y de noche parecía negro. Una vez le pasó a mi viejo que la policía le hizo una multa, no recuerdo porque. El color del Valiant IV pasó a ser negro en la boleta, con lo cual nunca pudieron cobrarle la multa porque el color verdadero era azul noche. Esta demás decir que las foto-multas no estaban en la cabeza de ningún agente de tránsito o zorros grises como se los llamaba por entonces.

Hay una historia con ese Valiant IV que merece ser contada. En diciembre de 1967 los patrones de mi viejo emprendieron un viaje a Francia y para ablandar el auto nos fuimos unos días a Mar de Ajó en la Costa Atlántica en la provincia de Buenos Aires.

Partimos mi viejo, mi mamá, mi tía abuela, mi abuela y yo rumbo a Mar de Ajó a fines de concretar el alquiler de un departamento para la temporada de verano que se acercaba. Fueron unos tres o cuatro días de un fin de semana. Llegamos a Mar de Ajó a media mañana y el recuerdo es que había aguaciles o libélulas por doquier. Estaban todos amontonados en una “L” que hacía la edificación del lugar. Nunca había visto una cosa similar y no la he vuelto a ver. Si hablabas mucho o abrías la puerta del auto se te metía uno seguro.

Recuerdo que la dueña de los departamentos era una mujer portuguesa, que había recibido la visita de un sobrino de once años que había venido solo desde Portugal en barco. El viaje le había durado un mes.

Un día a la tarde mi viejo enfiló el Valiant IV con rumbo a Punta Médanos, donde está el faro de Mar de Ajó. Les recuerdo que en aquella época no existía la ruta interbalnearia, ni la ruta 11 estaba asfaltada. Por lo tanto el único camino al faro era por la playa, a la cual se bajaba cuando casi terminaba el pueblo de Mar de Ajó. Entrar a la playa era una tarea que requería de entrenamiento, había que acelerar el auto en primera y encarar la arena con buena velocidad. El Valiant IV no tenía tracción delantera que facilita el manejo en caminos de arena o barro.

Una vez que ingresamos a la playa viajamos hasta el faro de Punta Médanos que está a más de 20 kilómetrosal sur del pueblo de Mar de Ajó. En aquellos años se podía llegar perfectamente por la playa hasta el faro de Punta Médanos. En el faro hay un puesto de Prefectura Naval y los vehículos de la guarnición iban y venían hasta Mar de Ajó para abastecerse. Hoy no es necesario porque tienen la ruta 11 asfaltada y el camino pavimentado llega hasta el faro. Llegar a Punta Médanos por la playa en la actualidad implica usar un vehículo 4x4.

El viaje al faro era para recolectar caracoles porque durante los meses de octubre y noviembre el mar saca los caparazones de los caracoles muertos. En aquellos años era un cementerio de cuadras que iba de la orilla del mar, hasta los médanos. Pilas de caracoles, almejas, mejillones y demás bivalvos estaban sembrados en la arena. Mi madre, mi tía abuela y mi abuela se dedicaron a buscar las piezas más llamativas o coloridas. Por supuesto que ayudaba en la tarea, mientras mi viejo había estacionado el Valiant IV en una zona segura de la playa.

La tarde corría y se acercaba el anochecer. Está decir que éramos los únicos humanos en la zona, salvo los prefectos del faro. Llega la hora del regreso al pueblo de Mar de Ajó. Mi viejo dice: “mejor saco el auto hasta la arena húmeda y suben allí”. Ahí empieza la odisea del Valiant IV y la arena de Punta Médanos.

Mi papá arranca el Valiant y este se empieza a enterrar o arenar en este caso. Todos a empujar, mi mamá, mi tía abuela, mi abuela y yo. No pasó nada el auto no sólo no se movió sino que se encajó mucho más. Hasta el diferencial se enterró. Empezamos a buscar maderas o alguna superficie donde las ruedas del Valiant tuvieran apoyo. Salimos a campear algo. Nada sirvió el Valiant salía de una encajadura para caer en otra. Parecía que la arena se había aflojado de pronto.

El atardecer seguía su transcurrir de todos los días. Menos luz y más agua. Sí, más agua porque a esa hora empieza la pleamar. La playa empezaba a achicarse. También el tiempo para salir del atolladero. Una tras otra el Valiant caía nuevamente en la trampa de la arena. La situación empezaba a ponerse fea y los nervios a crisparse. Mi tía abuela me dijo en un momento “rezá vos que sos chico y Dios te va a escuchar”. Así que rezaba y empujaba, como los demás, mientras el Valiant tiraba arena a troche y moche.

Unas maderas fueron las salvadoras de la situación, fueron el piso que necesitaba el Valiant para salir del arenal en que había caído. La noche se acercaba y el sol se había ocultado detrás de los médanos trayendo una sensación de frío, pero por suerte habíamos salido de la difícil situación.

Mi viejo nos hizo volver en el aire a Mar de Ajó, por supuesto que no nos cruzamos con nadie en el regreso al pueblo. Llegamos de noche con un susto de aquellos y que no se olvidan fácilmente. Han pasado 44 años y todavía recuerdo la fea situación que pasamos ese diciembre de 1967 en Punta Médanos, al sur de Mar de Ajó.

Queda para otra ocasión lo que le pasó a ese Valiant IV en un camino anegado de la provincia de Buenos Aires. Esa será otra historia con auto.

Mauricio Uldane

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